miércoles, 1 de octubre de 2025

Reconstrucción?

Cuando uno dio todo, no hay lugar para el reproche propio. Ese todo alcanzó hasta donde se pudo, y lo que vino después dejó de ser suficiente para alguien más, no para uno. Durante un tiempo creí que hacía todo mal, pero con el tiempo entendí que el juicio no era interno, sino reflejado en una mirada ajena. Esa sensación fue apagando las ganas, porque cuando dar no vuelve en forma de afecto, sino de crítica, algo adentro se repliega para sobrevivir.

Extraño algunas cosas, sí, pero no a la persona que fui solicitado ser. Extraño gestos y momentos que ya no existen, que no volverán, porque para que regresen tendría que convertirme en alguien distinto. También extraño ser cariñoso, y no por falta de amor, sino porque durante mucho tiempo sentí que ese amor no tenía dónde apoyarse.

A veces aparece la idea de volver a intentarlo, pero enseguida surge la pregunta: intentar qué? No tener respuesta también es una respuesta, y esa certeza, aunque duela, ordena. El camino es largo, y en ese tránsito me descubro fuerte y vulnerable al mismo tiempo. Algo de todo esto dejará huella, y no será una herida eterna, sino una marca de aprendizaje.

Hace meses que, al menos una vez al día, aparece un nudo que parece llanto. Se instala entre el pecho y la garganta, esperando salir, pero se diluye antes de tomar forma. Tal vez no sea negación, sino un modo distinto de drenar: pensar, escribir, poner en palabras lo que antes se callaba. A veces me distraigo y se me pasa, pero en los silencios, cuando no hay voces ajenas, aparece el diálogo conmigo mismo. Y en esas conversaciones internas siguen las preguntas, pero las pocas respuestas que llegan son firmes: este lugar en el que estoy hoy es donde debo estar, aunque todavía no tenga claro hacia dónde voy.

El inicio fue una sucesión de días extraños. El primero estuvo tomado por el vértigo de lo desconocido. El segundo bajó un poco la intensidad, pero dejó espacio a la ansiedad. El tercero fue parecido, y en ese tránsito empecé a comprender. Cuando venís separándote internamente durante años, el verdadero desafío no es aceptar el final, sino animarse a tomar la decisión. Una vez tomada, el duelo no estalla: se vuelve continuidad.

Hoy no espero nada de nadie. Me espero a mí, aunque durante mucho tiempo me dejé para después. Y ahora que finalmente llegué hasta acá, entiendo que no hay apuro. No saber exactamente hacia dónde voy no significa estar perdido: significa que estoy empezando a elegir.

Un poco de paz emocional sería un buen regalo, sí. Un poco de amor también. Pero ya no como salvación ni como refugio: como consecuencia natural de estar en paz conmigo. Lo que dolió enseñó. Lo que faltó mostró el límite. Lo que se fue dejó espacio. Y en ese espacio empieza, de a poco, algo nuevo.